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Cierra los ojos

La oscuridad se había adueñado de las calles de toda la ciudad, con permiso del alumbrado público; aunque en este suburbio de las afueras, marginal y desquiciado por las penosas condiciones de vida, las farolas que no tenían las bombillas fundidas, estaban apedreadas por los vándalos o arrancadas de cuajo por algunos de los irracionales seres que por allí vivían, o más bien, morían en vida. Samuel paseaba cabizbajo, con las manos metidas en los bolsillos de sus roídos vaqueros. Vestía también un jersey marrón, desteñido del uso, que más bien parecía ya un trapo de limpieza. El estómago rugía con fuerza a aquellas avanzadas horas de la noche, tiempo ha que no se llevaba algo que comer, y eso hacía profunda mella en su maltrecho físico: escuálido y raquítico. Pensaba, meditaba sobre su vagar en la vida, sobre su descalabrada existencia, sobre sus escasas ganas de seguir existiendo, sobre lo que ha sido y es.

Ardía en deseos de regresar allí, a esa edad infantil en la que las preocupaciones agobiaban a otros, en la que la desesperanza de su familia debido al mal vivir no le afectaba, en esos tiempos en los que sólo se dedicaba a corretear por las desamparadas calles de su barrio, a patear un desinflado balón o a mirar debajo de las faldas de las prostitutas, que colmaban el barrio entonces. ¡Qué recuerdos! La añoranza, la melancolía y el desasosiego le iban pudiendo ahora, las piezas de su cabeza comenzaban a encajar una idea.

- ¿De qué me sirve vivir? - se preguntaba.

Los minutos pasaban y Samuel por fin veía la luz en su cabeza, todo se solucionaría, su solución final había sido elegida: nunca más se despertaría borracho en mitad de la calle, ya no tendría que robar el bolso a las señoras, jamás pasaría más hambre, las águilas que martilleaban su cabeza pidiendo un chute tendrían que emigrar. Su sufrimiento cejaría por fin.

Llegado un punto clave en su razonamiento, observó que todo estaba a su favor. Se sentó. Recordó entonces a su madre, asesinada por un drogadicto cinco años atrás, con sus cabellos morenos y largos, ¡cuánto la adoraba! Resonaron de nuevo en su cabeza las voces de su padre, ahora encarcelado por robo, las broncas y las monsergas que le espetaba cada vez que hacía cualquier cosa, daba igual, Samuel lo echaba de menos; el apestar a alcohol de su aliento, las palizas que de cuando en cuando servían para desahogarle… Pero ya no le guardaba rencor, en ese instante comprendió que debía perdonarlo, y en ese preciso momento, lo hizo.

Sintió frío en sus manos y en sus nalgas, la temperatura era baja a esas horas y el hierro de la barandilla se encontraba en un punto glacial. Samuel no quería sufrir ahora por el frío. Cerró los ojos y por primera vez en su vida, entendió lo que era la paz interior. Se soltó. Se fue tranquilo y sin hacer ruido, sin tirrias ni aversiones.

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Comentarios

  1. guapo el relato pero eso de "tiempo ha"en un relato de esta indole a mi parecer esta de más pero por lo demás me ha gustao

    Comentario de jiimy hace 3 años y 38 meses

  2. me a gustao ;)

    Comentario de DarkNeo2k4 hace 3 años y 38 meses


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